¿Volveré a soñar?
Santiago Gala, escrito alrededor de 1996. Tengo serios problemas con el título. Inicialmente se llamaba Autobiografía, luego se llamó Ya no sueño con el indio, se publicó como Quetzacoatl, título que nunca me gustó. Ahora pruebo con este a ver. Debe significar algo eso.
Creo que si hubiese intentado imponer en la historia trazas
del mundo Sobrenatural habría fracasado deplorablemente,
mostrando una irritante deficiencia. Pero nunca podría haberlo
intentado, ya que mi constitución moral e intelectual se nutre
de una convicción invencible: todo lo que cae bajo el dominio
de nuestros sentidos pertenece por fuerza a la Naturaleza y,
por muy excepcional que resulte, no puede diferir en su esencia
del resto de los efectos del mundo visible y tangible del que
somos, de manera consciente, una parte.
(...) el lector puede adivinar que concierne a mi experiencia
personal. Y, de hecho, es experiencia personal vista con la
perspectiva del ojo de la mente, y coloreada con el afecto que
no se puede evitar sentir hacia acontecimientos vitales por los
que no se siente vergüenza.
--Joseph Conrad (La Línea de Sombra, Una Confesión. Nota del Autor)
Escribo estas notas intentando penetrar en el misterio de lo que me sucedió hace unos meses. Un minucioso ejercicio de reconstrucción quizá me permita disipar las dudas, saber qué ocurrió realmente aquella noche. Ni siquiera puedo afirmar con seguridad que haya ocurrido algo. Es posible que sólo se haya tratado de una pesadilla, de una serie de coincidencias. Sea como sea, los acontecimientos que voy a narrar han tenido un efecto intenso en mi vida. Desde entonces soy otro, no tengo pasado ni futuro, me veo condenado a vagar en un escenario vacío, sin propósito. Desde aquella noche no sé qué ha sido de la persona que yo era antes. Nadie parece percibir el cambio. Sólo yo soy consciente de que mi interior no es el mismo. Y el cambio no afecta a mi memoria. Sus recuerdos son mis recuerdos, sus experiencias son las mías. Sólo han cambiado las emociones. Yo no siento lo que él sentía, y él, que yo sepa, no siente ya nada. Mi narración comenzará por una descripción de sus motivaciones y su trayectoria vital. Sólo así podrá el lector, quizá, llegar a saber si existió el cambio que entreveo, o si he sido víctima de una brutal pesadilla; una pesadilla cuyos efectos duran todavía.
Cada persona reacciona ante los estímulos de maneras diferentes, y esa diferencia, que toma efectos acumulativos a lo largo de los años, es a la vez causa y efecto de nuestra personalidad, de aquello que nos distingue de el hombre, ese concepto abstracto que nadie ha visto. El estímulo que guiaba mi anterior yo fue siempre la curiosidad, el conocimiento. Era un ser inquisidor y curioso, que siempre intentaba vislumbrar los mecanismos, la tramoya, lo que hay detrás de cada acontecimiento. Desde la niñez buscaba las causas con avidez. Con cinco años preguntaba a mis padres: “¿Quién inventó las mariposas?”. Contestaban que las mariposas no las inventó nadie, que son animales. Más preguntas: "¿Cómo nació la primera mariposa?, ¿Quién fue el primero que vio una mariposa?, ¿Quién fue el primero que inventó la palabra mariposa?" Ahora, con casi cuarenta años, todavía no sé la respuesta a estas preguntas, y entiendo los problemas que surgen al intentar contestarlas. Y ellos lo intentaban; siempre hicieron lo posible por responder todas las preguntas o, al menos, señalar los libros donde podría encontrarse la respuesta. Libros que explicaban la naturaleza y sus leyes. Las leyes de la materia: la Física, la Química y la Biología.
Siempre había un libro cerca. Los libros son una droga: al principio su lectura proporciona consuelo y placer; después, convertido ya en un adicto, su ausencia proporciona dolor, pero su presencia sirve ya sólo para seguir viviendo hasta el siguiente. Mi yo anterior pasó la adolescencia leyendo cuanto caía en sus manos, especialmente novelas de aventuras y ciencia ficción, y libros de divulgación científica. No tuvo nada de extraño que, llegado el momento de convertirse en adulto, de elegir una carrera, decidiese estudiar Físicas, y que, tras conocer los fundamentos de la Mecánica, tanto su variante clásica como la relativista y la cuántica, se especializase en Estructura de la Materia. Pensaba que así podría llegar a entender la esencia de las cosas. Y entendió por qué el diamante es transparente y duro mientras el carbón es blando y opaco. Ésa y otras maravillas las explican las Ciencias, pero su comprensión no acerca el significado del corazón de la materia, sólo su estructura. Seguía leyendo, con frustración creciente, a la búsqueda de una explicación. Leía, en mis horas libres, a veces durante el tiempo que debía haber dedicado al estudio, Poesía y Novela, obras de Psicología, incluso tratados de Ciencias Ocultas. Sólo la Literatura permanece, de entre esas aficiones; y algunos libros de singular belleza, como El hombre y sus símbolos, que desafían cualquier clasificación.
Entra ahora una mariposa por la ventana entreabierta. Me distrae de las notas que escribo; inevitablemente pienso en el efecto que su aleteo puede tener sobre mí. Se llama efecto mariposa a una propiedad de ciertos sistemas dinámicos que se niegan a reducir su complejidad a sistemas de ecuaciones lineales. En ellos los efectos de las perturbaciones o errores de medida se amplifican exponencialmente en el tiempo. Y basta esperar un rato para que cualquier función de comportamiento exponencial crezca más allá de los límites de nuestra imaginación, no importando cuan grandes sean estos.
El nombre de este efecto se debe al símil que utilizó Lorentz en un trabajo ya clásico sobre la predicción meteorológica. Venia a decir en dicho trabajo que el aleteo de una mariposa puede provocar la precipitación de una tormenta. Con los años yo intuía, cada vez con más fuerza, que la mayor parte de los sistemas sociales muestran este tipo de comportamiento, aunque en muchos casos todavía no se han descrito modelos que lo demuestren. Juzgo estas ideas especialmente relevantes en el comportamiento uno de los sistemas más complejos que intentamos comprender: el sistema nervioso. El equilibrio de nuestra mente, como el de un montón de arena, es más precario cuanto más se desarrolla nuestro conocimiento; intuyo que nuestras emociones se concentran y acumulan como las olas en la tormenta, y que basta la adición de un último grano de arena para provocar una avalancha de proporciones catastróficas.
Una palabra de apariencia inocente puede cambiar la vida de muchas personas. Un agente de bolsa, por ejemplo, comenta en la cafetería que le parece absurdo que las acciones de, digamos, el sector electrónico sigan subiendo de esa manera. ¿Es que nadie se ha dado cuenta de la evolución del dólar, de los precios de los componentes en Japón?. Alguien lo oye. Decide que tiene razón. Al acabar la sesión, la industria ha sufrido graves pérdidas. Ya no hay confianza en el sector. Inevitablemente, llegan los despidos. Posiblemente varios cientos de personas habrán perdido su trabajo, quizá algunos su confianza en sí mismos, antes de que acabe el año. Siempre me ha preocupado que todos nuestros actos, incluso los de apariencia más inocua, lleven el germen de una alteración del Universo de proporciones potencialmente catastróficas.
A mí me despidieron también, aunque todavía no hemos llegado a esa parte de la historia. Ahora quiero contar cómo el yo que recuerdo, el que yo era hasta hace unos meses, encontró una droga más poderosa que los libros durante sus estudios. Muchos problemas físicos se resuelven codificando sus características esenciales en fórmulas matemáticas, que forman un sistemas de ecuaciones. Para resolver éstas se emplean con frecuencia programas de ordenador. El trabajo de escritura y depuración de estos programas, y la confirmación de su validez a través del resultado de su ejecución es absorbente como el de un relojero.
A través de esa experiencia no le fue difícil encontrar trabajo -hace varios años de esto- en el Departamento de Investigación de una empresa de informática. Los sistemas informáticos, como los mundos imaginarios de Borges, responden a reglas arbitrarias y precisas; reglas que se pueden manipular libremente, como dioses que juegan a la creación. No fue extraño que se encontrara a gusto. Ya que no podía entender el Universo, al menos podría construir universos privados, que luego intentaba comprender igual que un dios aspira a entender lo que ha creado. El trabajo le hizo olvidar todas las preocupaciones que no estuvieran ligadas con las necesidades vitales inmediatas o su familia. Porque había una familia. Está todavía ahí, y la siento como imagino debía sentirla él.
La empresa funcionaba bien. Había nuevos contratos, ascensos y aumentos de sueldo. Mi antiguo yo, mientras tanto, veía sólo sus programas, sus mundos y los problemas de sus habitantes. Era una tarea absorbente, que se avenía bien a su carácter. Vivía, dormía, incluso soñaba con esos mundos, con sus detalles, con el problema de asegurar su coherencia interna. Se convirtió en un adicto de la programación, como tantos otros. Y esa adicción le libró de otra droga, la literatura.
Hubo un cambio, algo que le pasó desapercibido entonces. La empresa cambió de manos, una de esas ventas fraguadas sin un análisis cuidadoso de los factores implicados. Con la pérdida de objetivos estratégicos, comenzó la pérdida de mercados. Ya no había tantos proyectos, ya no había confianza en los resultados. Ahora puedo recordar esos cambios. Mi antiguo yo no los veía, tan absorto estaba con su realidad. Ante la desocupación, se le ofreció, sin alternativas, realizar un trabajo de escaso interés en una ciudad de provincias. No podía negarse, aunque no cubriese sus expectativas. Y emprendió los viajes, sintiendo una desazón parecida a la que nos invade cuando se acerca un frente nuboso. Todavía se ve un cielo limpio y azul, pero algo en el aire indica ya el cambio.
El proyecto no tenía entidad. Era como encargar una cabaña a un arquitecto que hubiese construido catedrales. Debía permanecer solo en un hotel durante semanas enteras, lejos de la familia. Al principio se llevaba trabajo a la habitación, pero pronto le aburrió su escasa entidad. Recuperó poco a poco la costumbre de leer, que había perdido gradualmente al verse absorbido por la lógica de sus mundos artificiales. Leía a muchos autores; ahora recuerdo obras de Joseph Conrad y de Borges. Del primero recuerdo, sobre todo, su brillantez en la narración de los cambios psicológicos a través del entorno de los personajes: "... y, además, como usted sabrá, los cambios ocurren en el interior". De Borges ya he escrito anteriormente uno de los motivos por los que su lectura le resultaba placentera. Precisamente estaba leyendo un relato de Borges el día en que mi yo desapareció, el penúltimo día de aquel proyecto humillante y tranquilo.
Se trataba de “El acercamiento a Almotásim”. No voy a comentar ahora su argumento, ni me atrevería a ejercer de crítico desde mi desconocimiento literario. A efectos de mis notas sólo importa ahora decir que, mientras mi antiguo yo leía la víspera del final de aquel proyecto, algo en sus páginas le trajo a la memoria un relato de Cortázar que había leído, quizá veinte años antes. Pudo ser la frase "el alma de un antepasado o maestro puede entrar en el alma de un desdichado, para confortarlo o instruirlo", o quizá el comentario en la nota final sobre la identidad del buscador y el buscado. El cuento de Cortázar, del que no recordaba el nombre, narraba, de modo magistral y perturbador, el encuentro, a través de los tiempos, de un motorista herido en un accidente y de un moteca que huye de los guerreros aztecas durante la guerra florida. Los dos se encuentran en la noche, mirando hacia el techo, compartiendo sueños llenos de olores salados y ácidos.
Recuerdo bien el momento en que tuvo ese recuerdo. Entonces, mientras todavía pensaba en los olores, sintió un escalofrío. Cerró la ventana entreabierta. El sol estaba ya cerca del horizonte. Cerró el libro, y salió de la habitación. Decidió dar un paseo y cenar en algún restaurante del barrio antiguo.
Caminó sin prisa hacia el centro; era pronto para cenar. Me gusta pasear mientras cae la tarde. El cielo estaba limpio, y la brisa ya empezaba a calmar. Se sentía confuso, desorientado, viajero que no busca nada e ignora hacia dónde se dirigen sus pasos. Pasó por calles comerciales, con fruterías y tiendas de ropa, y almacenes de caprichos electrónicos, sin prestar atención a los escaparates. Pasó también junto a una librería, pero el recuerdo del cuento le hizo prestar atención. Decidió buscarlo y recordar ese relato. El librero le guió hacia una edición de los relatos de Cortázar. Pasó páginas durante un rato. Como ya dije, mi otro yo no podía recordar el título, ni el libro en que lo leyó. Cuando empezaba a desesperar, puso a prueba su memoria inconsciente recorriendo los índices. El segundo título que le llamó la atención era el bueno. El relato se llama La noche boca arriba. Compró el libro y lo guardó en el bolsillo del abrigo. Luego buscó un sitio para cenar.
No recuerdo el restaurante, ni la cena que le sirvieron. Habían sido varios días de comidas solitarias, en restaurantes distintos que le parecían siempre el mismo. Leyó la prensa entre platos, como hacen todos los solitarios, y también mientras reposaba la comida, algo pesada, ante un café solo y un cenicero. Después regresó al hotel. La mañana siguiente presentaba los resultados y volvía a casa, y quería dormir pronto para estar fresco.
Decidió releer La noche boca arriba antes de dormir. Leyó la historia, en pijama, ya envuelto en las sábanas, usando la luz de la mesa de noche. La leyó de un tirón. Aunque no recordaba los detalles, todas las sensaciones, y también los olores, estaban presentes en su memoria. Pensó sobre la muerte pactada, en sacrificio ritual, que practicaban los aztecas.
Se quedó dormido, con la luz encendida. El libro cayó sobre su pecho, y le atrapó el sueño. En su sueño él corría también por un pantano oscuro para salvar la vida. Soñó con los olores, y con las oscuras razones por las que sus sueños siempre han estado privados de ellos. Todo en los sueños de mi antiguo yo era visual. Podía ver el olor de la sangre del motorista, veía el olor del humo de las antorchas. El sueño era cada vez más vivo, más real. Era el indio que soñaba que paseaba en moto por una avenida, una mañana clara y fresca. Boca arriba, soñó que lo llevaban al sacrificio, que alguien empuñaba un cuchillo ritual. En la realidad de su sueño también se le acercó alguien con un cuchillo en la mano, mientras, boca arriba, miraba a través de los ojos cerrados, buscando un techo más allá de las estrellas.
Consiguió despertar en el momento preciso en que el sacerdote hundió el cuchillo en su pecho. Despertó justo antes de sentir el dolor. Le costó toda su voluntad salir de la pesadilla. Recuerdo que estaba bañado en sudor, jadeando. Todo lo que podía ver -las cosas que se pueden ver en una habitación de hotel- le pareció extraño, ajeno, como si nunca hubiese estado allí, como si en toda su vida no hubiese pisado una habitación de hotel. Se levantó de un salto y chocó con una silla que no recordaba haber dejado allí. La apartó, fue al cuarto de baño y se mojó la cara y el pelo. Dejó que el agua fría hiciera efecto, dejando caer el chorro directamente sobre su cuello. Cuando volvió la habitación seguía pareciendo falsa, un decorado. Se acostó de nuevo. Consiguió dormir, y no volvió a soñar. Durmió de un tirón hasta la mañana.
Por la mañana se duchó, se vistió, recogió sus cosas y bajó a desayunar en el restaurante del Hotel. Pagó las facturas pendientes: el teléfono y algún encargo del servicio de habitaciones. Se despidió del encargado y se dirigió a la puerta. En el centro del vestíbulo pensó que se le estaba haciendo tarde, y se dio prisa en salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
No recuerdo si me di cuenta entonces, pero ahora sé claramente que todas mis acciones de aquella mañana seguían escrupulosamente el primer párrafo de La noche boca arriba. No puedo precisar tampoco si ya entonces era yo, o bien si todavía seguía siendo el que ahora veo como un extraño. Es posible que mi antiguo yo nunca despertara de la pesadilla de aquella noche, y que la confusión que sentí al despertar fuera un síntoma del cambio que había ocurrido. Si hubiese sido así, ya era yo quien pilotaba mi cuerpo, pero todavía no me sentía familiar con los mandos. En caso contrario, la transformación ocurrió probablemente algo después, cuando mis acciones dejaron de seguir los pasos narrados en el cuento. Pero me estoy adelantando. Es mejor que siga ciñéndome a los recuerdos que conservo, sin intercalar explicaciones que tal vez sirvan sólo para oscurecer la narración. Seguiré hablando en tercera persona, como si todavía no se hubiese producido el cambio.
El aire de la mañana, y el sol, y la claridad del cielo entre los árboles del bulevar, todo le hacía conducir algo distraído. Seguía haciendo exactamente lo que narró Cortázar. Justo cuando llegaba a la esquina se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, recordó el accidente, y dudó, reduciendo un poco la velocidad. Gracias a ese instante de duda pudo esquivar a la señora cuando se lanzó a la calzada. Estuvo cerca de atropellarla, de caer, de seguir para siempre dentro del cuento de Cortázar. Pero había conseguido seguir, ya no estaba siguiendo el relato. Se sintió mejor. Aquella mañana era especialmente clara y fresca, y el aire olía a humedad y a tierra. Siguió el camino hacia el trabajo, acabó el proyecto y emprendió el viaje de vuelta a casa.
Quizá debía haberla atropellado, haber seguido fielmente la pesadilla del indio moteca. No sé cómo habría acabado mi vida si lo hubiese hecho, si hubiese seguido dentro de aquel sueño transcrito por Cortázar. Quizá nunca habría llegado a ser yo, a escribir estas líneas intentando preservar el recuerdo, intentando fijar como un arqueólogo las huellas de alguien que fue, y a quien ya no reconozco.
Durante el viaje de vuelta, largo y cansado, tuve ocasión de pensar. Un viaje largo en motocicleta es cansado. Hay que parar con frecuencia. Por otra parte, el depósito de gasolina es pequeño. Pensé en la línea de mi vida mientras esperaba que me sirvieran un café, entre moscas y mostradores sucios. Pensé en la noche boca arriba, y en los cambios que percibía. Me miraba en los espejos, y no me reconocía. Pero en las cafeterías o en los aseos de las gasolineras todos somos extraños. Seguía pensando mientras pasaba por largas rectas y rodeaba pueblos desconocidos trazando curvas largas y aburridas.
Llegué a casa a la caída del sol, confuso y cansado. Mi mujer y mis hijas no mostraron ninguna extrañeza ante mi aspecto. Hubo besos, preguntas, alegría en las caras. ¿Había comprado bombones? A la cama, venga niñas, que ya es tarde. Al día siguiente fui a la oficina como si no hubiese pasado nada. Rellené mis notas de gastos, hablé con el jefe, resumí la situación, y pregunté por las novedades. Todo parecía correcto, nada reforzaba la idea de que yo había nacido en un hotel, pocos días antes. La situación laboral seguía empeorando día a día. Nadie lo decía, pero se notaba en las caras, en los gestos, en los silencios junto a la máquina del café. Incluso se podía ver en el sonido de las teclas de los ordenadores, y en los ritmos y las pausas del acceso a los discos magnéticos.
Yo seguía pensando en el extraño sueño, y en el despertar, y en la sensación de seguir sus pasos después. La historia de Cortázar empieza con una cita: "Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida". Consulté una enciclopedia, en el epígrafe dedicado a los aztecas. Parece ser que éstos, además de la guerra normal, de conquista o protección del territorio, celebraban un segundo tipo de guerra, a fecha fija. Durante ella, los guerreros salían a capturar prisioneros, que eran después sacrificados ritualmente. Cuando se había conseguido un número suficiente de prisioneros, los sacerdotes ordenaban el fin de la guerra. La enciclopedia no dice a qué fin social o religioso servía esta costumbre.
Después de aquel proyecto no vino otro que mereciese tal nombre. Estuve un mes desocupado. Iba todos los días al trabajo a esperar que ocurriese algo, a pensar, a no hacer nada. No se escribían ofertas, ni siquiera se visitaba a los viejos clientes. Tras varios meses de sufrimiento se me envió a realizar una tarea subalterna, de poca duración y entidad. Me sentía humillado. La estaba haciendo cuando supe que la empresa, ante las negativas circunstancias del mercado, se veía obligada a prescindir de los servicios de doscientos trabajadores. Mi nombre estaba en la lista. Si hubo un cambio, fue a mi anterior yo a quien despidieron.
Yo acepté la situación sin apenas luchar. No tenía objetivos, no sabía qué quería. Y todos necesitamos una meta para luchar. No sé qué mecanismos pueden explicar mi comportamiento de entonces, dominado por la desorientación y el miedo. No busqué las causas, no construí un modelo, no intenté aportar una solución. Quizá porque hubo un cambio aquella noche en el hotel, porque yo ya era otro, sin historia y sin pasado. No me afectaba la destrucción de su mundo. Sólo me pertenece un sueño suyo, el sueño de un motorista que cruza una avenida. No es mío ningún futuro, más allá del despertar de cada mañana. No he vuelto a soñar. Ya no hay guerreros, pantanos ni estrellas en mis noches.
No busco trabajo. Leo en la casa vacía después de llevar a las niñas al colegio, sin objetivos y sin rutina. Quizá para encontrar mi pasado, quizá para encontrar un futuro. Quizá comparto la esperanza de los inmortales de Borges: si existe un relato que puede arrebatar pasado y futuro a un hombre, si un relato puede dejarlo en un presente sin memoria y sin vida, por fuerza debía, en algún lugar de la inmensa biblioteca universal, existir otro relato cuya lectura devuelve pasado y futuro, devuelve una vida.
No he encontrado ese relato. Es posible que no exista. Puede que mi mente confunda realidad y ficción, como un caballero enloquecido que intenta poner orden en un mundo que no se quiere reducir a las viejas palabras. Caballero con un casco por yelmo y manillar en vez de riendas. Quizá el relato de mi vida existe, pero yo no soy capaz de reconocerlo, de ver mi pasado, de leer mi futuro en sus páginas. Empiezo a dudar de que alguien haya escrito el relato de mi vida. He renunciado a entender, ya no intento descifrar los enigmas. Sólo querría saber si volveré a soñar.
Ahora mismo releo desde el principio lo que he escrito. Vuelvo atrás y cambio un adjetivo. Rehago el orden de palabras en una frase, vuelvo a escribir un párrafo entero. Quedo satisfecho con el resultado. Mañana volveré a cambiar las mismas palabras, las mismas frases, los mismos párrafos. Después seguiré escribiendo un pasado -mi pasado y el suyo- que ya no me interesa. Cuando haya acabado de escribir esta autobiografía estará seguro en mi cuaderno y ya no tendrá importancia. A partir de entonces escribiré mi futuro. Quiero poder soñar. Escribiré mi futuro en el aire, dibujaré con mis huellas sobre el suelo. He empezado por escribir estas notas, esta autobiografía.
Si alguna vez fue otro el que ocupaba mi cuerpo, ese otro ya no existe. Poco importa su historia. Soy yo el que mueve las manos, el que abre los ojos ahora. Ya no tengo la sensación que haber sido otro. No sé si me volvería a cambiar por él, que quizá vivía hasta hace poco en mi cuerpo. Aunque fuese posible hacerlo. Escribo esta historia para no olvidar mi pasado, para no olvidar que quizá hubo otro en mi disfraz, que yo pude ser un hombre que ahora vive dentro del sueño que una vez soñó otro hombre. Ahora descansaré un poco. No soy escritor, y me cuesta mucho juntar unas pocas palabras sin que después, al revisarlas, se tornen irreales, artificiosas y vacías de sentido.
-
¿Volveré a soñar?
Louis Vuitton Cosmic Blossom replica handbagLouis Vuitton Prefall 2010 replica bag
replica Louis Vuitton Leather
UK Replica Louis Vuitton
replica Louis Vuitton Prefall 2010
Louis Vuitton Cruise replica
Posted by Ugg Boots sale at
¿Volveré a soñar?
http:www.coachoutlet-onlinee.com coach outlet onlinehttp:www.coachoutletonlineh.net Coach Outlet
http:www.coachfactoryoutletonlined.com coach factory outlet
http:www.coachfactorya.com Coach Factory
http:www.coachfactorystoreonlinea.com Coach Factory Online
http:www.coachfactoryoutletbuy.com coach factory online
http:www.coachpurses-outlets.com Coach Purses Outlet
http:www.coachoutletonlinestorei.com coach outlet online
http:www.coachfactoryoutletstorea.com coach factory outlet
http:www.coachoutletstoreonlinec.com Coach outlet online
http:www.getcoachoutletonline.com Coach outlet online
Posted by Coach outlet online at

¿Volveré a soñar?
How is this going! Just wanted to write great web site. Continue with the great work you are doing!Posted by marcus allen jerseys at